Luego de los éxitos iniciales, Hidalgo y sus tropas tuvieron algunas derrotas que lo obligaron a replegarse hacia el norte. En marzo, en Acatita de Baján fueron apresados los principales líderes de la revuelta, juzgados y fusilados, entre ellos Hidalgo. En el Nuevo Santander la mayoría de los milicianos se mantuvo expectante sin tomar partido abierto. Cuando arribó Joaquín de Arredondo, comandante realista, lo apoyaron para aplastar a los aguerridos insurgentes indios de Tula y Camargo hasta derrotarlos y a muchos de ellos quitarles la vida. Uno de los pocos oficiales novosantanderinos que se mantuvo fiel a la causa insurgente fue Juan Nepomuceno Jiménez, lo que le valió ser colgado por Arredondo en el camino de la villa de Aguayo a Jaumave.